A los poetas les salió un competidor que ni siquiera tuvo que elegir sus mejores versos. Brian Porter y Edouard Machery pidieron a ChatGPT 3.5 poemas al estilo de diez autores en lengua inglesa y conservaron los primeros que produjo. En una de sus pruebas, con 696 participantes no expertos, los textos generados recibieron valoraciones más favorables que los humanos. El estudio se publicó en Scientific Reports en noviembre de 2024. No hace falta ascender aquel modelo a genio para reconocer que el resultado merece algo más que una sonrisa condescendiente.
Los investigadores proponen una explicación parcial: los versos generados resultaban más accesibles. También observaron que atribuir un poema a la IA empeoraba su valoración. El lector puede disfrutar de un texto y desconfiar de él cuando descubre, o cree descubrir, quién lo escribió. La preferencia se observó en esa selección de poemas y lectores no expertos. Estudio de Porter y Machery.
La primera reacción defensiva tiene una tentación bastante antipática: declarar que los participantes no entendían nada. Sería una manera cómoda de proteger la poesía de sus lectores. Si alguien encuentra belleza en unos versos generados, esa satisfacción existe; no se evapora cuando un profesor señala que debía haber escogido a Emily Dickinson. Quien escribe para otros acepta, entre sus riesgos profesionales, que los otros tengan gustos propios.
Tampoco estamos obligados a tratar cada preferencia como una sentencia definitiva. Pensemos en una situación corriente: pedimos a alguien que elija entre un poema cuya emoción reconoce enseguida y otro que alude a un periódico desaparecido. El segundo llega a la cita con deberes para el lector. Puede tener buenas razones para exigirlos; también puede aburrir. El nombre del autor no resuelve ninguna de las dos posibilidades.
T. S. Eliot escribió uno de esos poemas, «The Boston Evening Transcript», publicado en 1915. Sus lectores de periódico se mecen como un campo de maíz; al final aparece una prima a quien el hablante entrega el diario. Entre ambos momentos, el atardecer despierta apetitos y la calle se convierte, por un instante, en tiempo. No es un mensaje sobre la tristeza al que se hayan añadido saltos de línea. Hay una pequeña vida social que descifrar: la lectura rutinaria, el cansancio de quien lleva el periódico, la distancia irónica con ese mundo. Poema de Eliot en Poetry.
Si un asistente lo redujera a «la monotonía de la vida cotidiana», entregaría una orientación útil y dejaría fuera casi todo aquello que hace reconocible el poema. Reducir a Eliot a tres viñetas es una de esas eficiencias que a los asistentes de IA deberían quitarnos del currículum. Basta volver a los versos: ¿por qué un campo de maíz?, ¿qué añade que el diario llegue a manos de una prima? Comprender el asunto general permite empezar a leer esas decisiones. No termina el trabajo.
La relectura ofrece otra ocasión para juzgar. Una imagen que parecía torpe puede volverse exacta cuando advertimos con qué otra se relaciona. También sucede lo contrario: una frase deslumbrante pierde interés cuando vemos que el resto del poema se limita a repetirla. Esa segunda visita permite poner a prueba la primera impresión. La oscuridad puede esconder pobreza; la claridad puede permitir que algo complejo se entienda sin esfuerzo.
Aplicar este criterio a unos versos generados exige concederles una oportunidad de verdad. Si el lector vuelve a ellos y encuentra algo que antes no había visto, su origen no invalida el hallazgo. Y si el poema se agota en una emoción reconocible, tampoco hay que decretar una catástrofe cultural. Hay textos que acompañan una celebración o dicen con gracia lo que alguien quería expresar. No todos tienen que soportar cien lecturas.
El error sería exigir a la primera impresión que resolviera todos esos usos. Al elegir algo agradable para leer ahora y al decidir qué merece acompañarnos durante años, formulamos juicios distintos. El segundo necesita tiempo y puede rectificar al primero. Un escritor humano tampoco tiene derecho a saltarse esa espera por llevar apellido en la portada.
El poema de Eliot acaba con un periódico entregado a una prima. Después de leerlo, cabe preguntarse si el hablante se burla de ella, se compadece de sí mismo o participa de la rutina que parece despreciar. Volver a los versos para discutirlo es una razón concreta para conservarlos. A un poema generado se le puede pedir lo mismo: que dé motivos para una segunda lectura, sin descontarle mérito ni regalarle admiración por proceder de una máquina.